La vieja casona de campo de la familia Ruiz estaba a casi cuarenta minutos de la ciudad, metida entre colinas verdes, árboles frondosos y mucho silencio. Llevaba más de una década cerrada, sola, olvidada, cubierta de enredaderas y polvo, con las ventanas tapiadas y el jardín convertido en maleza alta. De niñas, Camila y yo pasábamos aquí semanas enteras en verano, corriendo por los pasillos, jugando a las muñecas, jurándonos ante el viejo roble del fondo que seríamos hermanas para siempre, que nada ni nadie nos separaría jamás. Allí, en esa misma casa, a los doce años, ella me confesó por primera vez con una frialdad que me heló incluso entonces: “Odio que todos te quieran más a ti. Algún día voy a hacer que todo lo que es tuyo, pase a ser mío”. Yo me reí, pensando que era solo un capricho de niña. Nunca supe que en ese momento ya estaba sembrada la semilla de todo el mal que vendría años después.
Llegamos una hora antes del acordado, al atardecer, cuando el sol empezaba a teñir todo de naranja y violeta. Todo estaba calculado al milímetro: agentes de policía especial totalmente camuflados en el bosque alrededor, sin luces, sin ruidos, cerrando todo el perímetro herméticamente desde quinientos metros a la redonda. Adrián y Alejandro se posicionaron en puntos estratégicos por fuera cubriendo todas las salidas posibles. Dante y yo entramos solos por la puerta principal de madera carcomida, que crujió fuerte al empujarla despacio. El aire de adentro era denso, frío, olía a humedad, a madera vieja y a tiempo detenido. Polvo flotaba por todos lados en los haces de luz que entraban por las rendijas.
—Está aquí —susurró Dante muy bajito al oído, apretándome la cintura con fuerza, la otra mano lista por si hacía falta—. Siento su presencia. Lo noto.
No tuvimos que buscarla mucho. En el gran salón central, bajo el gran candelabro de cristal roto y sucio que colgaba del techo alto, de pie en el centro sobre la alfombra desgastada y llena de agujeros, estaba ella. Camila. Iba vestida toda de negro de pies a cabeza, el cabello rubio ya sin el peinado perfecto de siempre, desaliñado, salvaje, la cara demacrada, ojeras oscuras marcadas bajo los ojos grises, pero en la mirada todavía brillaba esa locura controlada y ese orgullo inquebrantable. Tenía en una mano una pistola negra pequeña, y en la otra, agitándola con desprecio, la llave de bronce número 17 que habíamos perdido de vista hacía días.
—Llegaron —dijo con voz ronca, sonriendo esa sonrisa dulce y retorcida que nos conocíamos tan bien—. Qué puntuales. Qué educados. Vine sola, como acordamos en el mensaje. ¿Cumplieron? ¿Solo ustedes dos, sin policías ni trampas?
—Solo estamos nosotros dos —respondió Dante con calma absoluta, sin mover un músculo—. Ya no hay necesidad de más gente. Esto es algo que tiene que terminar entre los que realmente estamos involucrados.
Ella soltó una carcajada corta y amarga, y empezó a caminar muy lento en círculos alrededor de nosotros, la pistola siempre apuntando con calma al suelo pero lista para levantarla en una fracción de segundo.
—¡Qué bonitos se ven! —decía mirándonos de arriba abajo con desprecio—. El príncipe poderoso y la niña buena que triunfó contra todo. Se los creen de verdad, ¿verdad? Creen que por tener la verdad, la justicia y el amor de su lado… ya ganaron. Se detuvo de frente a mí, a solo tres metros de distancia, y me clavó la mirada con una intensidad que dolía en el alma—. Escúchame bien, Valeria Montalvo, porque es la última vez que te lo digo de frente. Nunca fuiste mejor que yo. Nunca fuiste más inteligente, ni más linda, ni más digna de nada. Tú solo tuviste suerte. Nada más. Suerte de que todos cayeran rendidos a tus pies por esa falsa bondad tuya. A mí nadie me regaló nada. Todo lo que conseguí, lo arranqué con uñas y dientes porque la vida nunca me dio nada gratis. Y sin embargo… siempre tú eras la que salía ganando.
—Nadie me regaló absolutamente nada —le respondí yo con voz firme y tranquila, sin miedo ya, solo mucha lástima en el corazón—. Perdí todo lo que un día amé. Fui humillada delante de quinientas personas. Estuve a punto de romperme en mil pedazos y no volver jamás. Me dolió hasta los huesos durante años. Lo que soy hoy, lo construí yo sola, noche tras noche, día tras día, llorando, sangrando, luchando. Eso no es suerte, Camila. Eso es esfuerzo. Eso es dolor convertido en fuerza. Y eso es algo que tú, por más que lo intentes, por más poder o dinero que robes, NUNCA vas a entender ni a tener.
La rabia la cegó de golpe. El rostro se le puso rojo de furia, levantó el arma de un movimiento rápido y la apuntó directo a mi pecho, el dedo en el gatillo temblando de rabia contenida.
—¡CALLATE! ¡NO TIENES DERECHO A JUZGARME! —gritó descontrolada—. ¡TÚ TE QUEDASTE CON ÉL! ¡CON ALEJANDRO! ¡CON TODO! ¡YO LO AMABA PRIMERO! ¡ERA MÍO!
—¡NUNCA FUISTE CAPAZ DE AMAR A NADIE MÁS QUE A TI MISMA! —gritó una voz potente desde la escalera rota del fondo. Alejandro apareció caminando lento, serio, solo, con la mano en alto demostrando que no traía armas. Adrián entró por la puerta trasera al mismo tiempo, también desarmado. Camila giró desesperada de un lado a otro, apuntando la pistola a uno y otro, dándose cuenta por fin de que estaba completamente rodeada, atrapada sin salida posible, y que la trampa al final la había caído a ella.
—¡NO! — chilló con todas sus fuerzas, los ojos llenos de lágrimas de rabia y frustración—. ¡NO ME PUEDEN GANAR A MÍ! ¡NO VOY A PERDER!
Dio un paso atrás rápido hacia la gran ventana rota del fondo, y por un segundo todos pensamos que iba a saltar o a disparar de una vez. Pero en lugar de eso, sacó de su bolsillo un encendedor de gas, levantó con el pie un trapo empapado en gasolina que había escondido allí y lo encendió de golpe.
—¡SI YO NO GANO, NO GANA NADIE! —gritó y lanzó la llama al suelo.
El fuego corrió veloz por todo el piso de madera vieja y seca, que ya había rociado por todas partes mientras esperaba. En segundos las llamas ya crecían altas, calientes, rápidas, comiéndose la madera, las cortinas viejas, los muebles secos, llenando el salón de humo negro y espeso en muy poco tiempo. El calor era insoportable.
—¡TODOS NOS VAMOS A QUEMAR JUNTOS AQUÍ! —gritaba ella riendo y llorando a la vez de pie en medio del fuego, sin querer moverse—. ¡AL FINAL… GANO YO!